porno peru lima talones

..

Porno peru lima talones

PUTAS PERUANAS SEÑORAS Y PUTAS

Pero aquel día la traía en modo off. Se me disparó la nostalgia. Hacía siglos que no veía tal cantidad de cocaína en un mismo recipiente. Sentí que toda la amargura que he acumulado en años, por los motivos que quieran, mis divorcios, mis deudas, mis peleas, se iba por el excusado. Me ofreció otros tres gramos. Me informó que no podría volver al centro. Que era el momento para mercarlos.

Yo llevaba encima otros cien soles. En otra época habría invertido todo mi dinero en polvo. Pero idiota de mí, desconfiaba de la calidad.

Se me olvidaba que no estaba en Madrid. Apenas un par de meses antes había visto la serie Narcos. Corrí de regreso a mi habitación. Siempre que me meto coca en Torreón con alguien menor que yo le tiro la charra de los años dorados. Que las nuevas generaciones no han probado la coca de verdad.

Que en los noventas avionetas cargadas de polvo aterrizaban en un aeropuerto clandestino de San Pedro de Las Colonias. Así como yo les embarro en la jeta eso, cualquier peruano me podía tachar de loser por nunca haberme metido coca auténtica.

Desaté el nudo de la bolsa y vacié un poco sobre la portada de Vicio propio de Thomas Pynchon. Siempre me gustó oler la coca. Como los libros nuevos. Con tan solo olerla uno puede saber si el material es bueno o no. Aunque tampoco es definitorio. Una coca lavada sabor uva puede oler muy bonito, pero sepa la chingada cómo te pegue. Me improvisé un popote con un billete de cien soles. Y me persigné como obligan a los niños enfermos a que lo hagan antes de tomarse la medicina.

No podía quitarme de la cabeza lo ocurrido en Madrid. Que no sabe a nada. Que no te pica en la nariz. Que ni siquiera la sientes.

Pero que pasados un par de minutos te patea intensamente. Te adormece la cabeza. Tu rostro saborea el camino que tocó el polvo para llegar a tu cerebro.

Aspiré una línea y tuve una revelación de adicto. No se repetiría la experiencia de España. En ese momento me percaté de que lo que me había jodido era la altura. Y no era la primera vez que me pasaba. No, no consumiría como en mis mejores tiempos. Pero podía dejar de preocuparme por quedarme en estado catatónico.

Eran apenas las doce del día. Estaba solo en mi habitación. Después de la primera línea me invadió la certeza de que no compartiría con nadie. Había arribado al paraíso. Me serví una segunda y una tercera a la salud de Escanlar. A las dos de la tarde estaba comiendo. En una mesa con doce personas. La verdadera coca te quita el apetito, pero no te impide alimentarte. La coca y yo. Y le dije lo mismo que le digo siempre que volvemos.

Por favor no volvamos a pelear, nena. Terminé mi plato y acudí al baño a darme un son. Y volví a la mesa a interactuar con la gente. Parecía que era la primera vez en mi vida que me metía una raya. Benditas virtudes de la coca inca.

Me había devuelto la fe en el adicto que habita en mí. Durante el resto del día no me detuve. No dejaba de meterme. Parecía un jodido atleta. Un argentino que conocí durante el viaje me apodó el Maradona Mexicano. Por la cantidad y la velocidad con la que esnifaba. Por tanta coca mala que me he metido desde el estallido de la guerra contra el narco. Por todo el dinero malgastado en pagar coca que no es coca.

La vida al final me recompensaba. Por supuesto que no le creí. Ni que estuviéramos en los ochentas y estuvieran tratando de introducir la merca en Estados Unidos.

Soy un entusiasta, no existe duda. Pero no era tan ingenuo como para creérmelo. Desde hace mucho tiempo he dejado de confiar en los dílers. Sin embargo, a las nueve de la noche estaba dispuesto a creerlo todo. Convivir en estado de gracia. Extrañaba eso de la droga. Ese sentimiento de superioridad moral. Esa euforia de situarte en la cima del mundo. Pero sin los aspavientos propios de la juventud. Sin el exhibicionismo que me caracterizó durante tanto tiempo. Sólo un par de personas sabían qué ocurría.

En otra época me habría evidenciado con una de mis típicas payasadas. Meterme un llavazo en la mesa. A la vista de todos, por ejemplo. Estaba cansado de lidiar con la coca rascuache. Ni siquiera la de que se encuentra a años luz. Es algo que no se puede describir con palabras. Tienes que probarla para entenderlo. En ocasiones la droga es recelosa. Te obliga a retirarte. A quedarte a solas con ella. No me sucedió con la coca peruana. Pero toda velada, por mucho que se prolongue, termina.

Y tuve que resguardarme en mi habitación. No sin cierto temor. No puedes darle la espalda a la droga, aconseja Hunter S. Thompson en Miedo y asco en Las Vegas. Apenas recargaría la cabeza en la almohada me atacaría la taquicardia. La que te pone apocalíptico. Pero cuando entré en mi habitación una extraña calma me envolvía.

Abrí la ventana y contemplé la noche limeña. Goloso como siempre he sido, me serví un saque. Casi había liquidado la bolsa. No recuerdo hacía cuantos años me había atascado yo solo tres gramos. Era probable que antes del Y sí lo sentía un triunfo. Mi paso era envidiable.

Me acosté en la cama y todos mis temores se disiparon. No me atacó la taquicardia. Me invadió una sensación inédita. Que no había experimentado nunca antes. Entré en una especie de sopor. Era como si alguien hubiera metido una aguja a través de mi cuero cabelludo y me hubiera inyectado varios shots de anestesia. O como si Hannibal Lecter me hubiera destapado el casco y me aplicara un masaje sobre el cerebro con una técnica ancestral.

Podía tatuarme el cerebro si se me antojaba. Me despedí del mundo. Sin dramatismos, sin gimoteos, me dije, de esta no me levanto. Mañana voy a amanecer muerto. Lima se me había metido en el corazón, literalmente. Guardé un poco de coca para la mañana. Desperté y me puse los audífonos. Le di play a un disco de Dinosaur Jr.

Qué bien sienta una raya a las ocho de la mañana. Aceptaba traerme otra vez material hasta el centro si le pagaba veinte soles extra para el taxi. Su auto andaba en diligencias propias del oficio. Era una baba comparada con los pesos que te cobra un taxista por ir a comprarte droga a la Durangueña, en Torreón.

Quedamos a las dos de la tarde afuera del Hotel Bolívar. Toda la mañana turisteé por Lima. Una Pulga inmensa retacada de puestecitos con libros de todas las transnacionales pirateados. Tenía que ser puntual. Porque el díler tenía prisa. Los beneficios de una clientela abultada. Me subí a un taxi. Al Hotel Bolívar, plis. El chofer cruzó el Rímac hacia la dirección opuesta a la que me dirigía. Un trayecto corto se convirtió en un infierno.

Las de pareja, las laborales. Y las que sostienes con tus proveedores de droga. Cruzar el Rímac dos veces nos llevó cuarenta minutos. Me invadió el mismo malestar que me inunda cuando me tardo cuarenta minutos en atravesar de la Roma hacia la Condesa en taxi.

En veinte sí la hacemos, me aseguró el chofer. Entramos al centro por una avenida paralela al Girón de la Unión. Los minutos avanzaban y el teléfono sonaba. Desesperado, como hacía años no lo estaba, me bajé del taxi a la 1: Hacía tanto tiempo que nada me importaba tanto.

No tuve tiempo para discernirlo. Pero en Torreón vivo con un malestar generalizado. La ausencia de buena mercancía. Ahora tendría que ir a buscarlo hasta Miraflores.

Siempre he sido un suertudo hijo de puta. El coche negro dio la vuelta y la puerta trasera se abrió y salté dentro. En tres días, le respondí. Subí a mi habitación y me serví unas paralelas. No, no me había timado. La cantidad y la calidad eran las mismas. A cambio de tu dinero recibes material de calidad y con la cantidad correspondiente. De lo contrario se van con otro. Y no es como en México, que puedes ir y eliminar a la competencia a base de plomo.

Me podría quedar a vivir en Lima, concluí después de la cuarta raya. A estas alturas ya sufría de gripa peruana. Tenía la nariz taponeada por tanto golpe de polvo seco. Ni su madre, ni sus hijos, ni su pareja. En ocasiones ni su propio cuerpo. Me compré un inhalador nasal. Pero era mucho riesgo. Y no cometería una estupidez de ese tamaño. Luego pensé en fabricarme un agua de chango. Si me descubrían en el aeropuerto me metería en un broncón. Todos sabemos que por el aeropuerto de la Ciudad de México transitan toneladas de sustancia.

Pero es con el consentimiento de las autoridades. Como se trata de territorio federal, si me llegaran a atrapar me podrían elegir para poner un ejemplo. El negocio es nuestro. Si desean consumir, no lo transporten desde Sudamérica. Vayan y cómprenlo en Tepito. Era como romper el record Guiness dos días consecutivos.

Tres gramos en doce horas. Quería llorar de la emoción. Moqueaba en todo momento. Pero apenas me sonaba la nariz me resanaba con un llavazo, tarjetazo o línea, depende de donde me encontrara. Al anochecer la historia se repitió. No tuve problemas para dormir. Ni siquiera sufrí pesadillas.

Pero antes de perder el conocimiento el placer era tan pronunciado que gemí un poco. La coca te anestesia. Los pésimos cortes que emplean para rebajarla en México le han robado toda su mística a la droga. Te induce a un estado alejado del objetivo principal. Y comienzas a creer que en eso consiste meterse cocaína.

Pero no es así. Tres gramos diarios es demasiado. Puede inducir a la intoxicación. Pero mi peso y mi experiencia como adicto son un hueso duro de roer. Aclaro, si se trata de coca. Si es basura, combinada con un factor como la altura, me voy directo a la catatonia. La buena coca tiene la propiedad de que una vez que te metes una raya, puede transcurrir hasta media hora antes de que experimentes la necesidad de otra.

Entonces que yo me despachara tanto en un día sólo se explica por una cosa. He sido, soy y seré un atascado. Y así los bulímicos tienen atascones de comida. Yo sufro de atracones de cocaína. El cocainómano es bulímico por accidente.

Hace algunas pausas pero son involuntarias. En cuanto la droga vuelve a familiarizarse con su organismo se atrabanca. Mi tercer día equivalía a nueve gramos en el organismo. Se estima que la cantidad necesaria para llegar a la sobredosis es de diez gramos inhalados.

Pero insisto, depende de la capacidad de resistencia del individuo, de la experiencia y de su constitución física. Uno debe acercarse a la cocaína con la actitud de un cantante de soul. Estaba fuera de forma, no había duda. Pero la memoria corporal me sacó adelante. El hecho de no compartir la coca con nadie era un riesgo. Era de madrugada cuando calculé que me quedaba merca suficiente para el día siguiente.

Cuando uno se mete asiduamente debe guardar un poco para el día siguiente. O de lo contrario no te puedes despegar de la cama. Si vienen amigos tuyos de México dales mi teléfono, me rogó el díler. Mi vuelo era a la cinco de la mañana del domingo. Me dedique a la poesía cruel de meterme el material durante el día. Y a las ocho de la noche me fui a un bar en el barrio de Miraflores.

Mientras me bebía una cerveza Cusqueña se me terminó la coca. Qué bueno que estaba retirado. Disponemos de tres chicas me afirmaron, de diecinueve, veinte y veinticuatro años. En el rango de veinte a veintidos, si era joven. Apariencia de joven estudiante universitaria aparte de pertenecer a un buen distrito de clase media.

Utilizaba lentes, una chompa larga que le tapaba las caderas. Delgada, vientre plano y un bonito cuerpo, todo en su lugar. Piel suave y consistente. Si la ves por la calle no semeja del negocio. Regulares, no son grandes ni tampoco limones, consistentes de chibola. Tiene su cintura, y un trasero muchacho mas bien formado. Tenía algo de preciosos, si ajusta, aquí viene lo malo, no lo sé. No sé, no pregunté. Monse, al minuto ya deseaba dejarlo. Aquí viene lo malo.

Porno peru lima talones